LLUEVE.

No deja de llover. Odio la lluvia, siento que todo se pega.

Se pegan los recuerdos,

el sudor, el dolor, el cansancio, el hastío.

No encuentro atractivo en un cielo gris, oscurece la existencia,

le da ese tono desagradable.

Mis zapatos ya no consiguen achicar más agua por sus agujeros,

y entonces, así, como suele ser todo, aparece una imagen

no muy luminosa.

Hay un niño mirando por la ventana.

Es un día como el de hoy, de lluvia, triste.

O no,

no triste, es otra cosa. Es desolador.

Abre la ventana, en su cara también hay aguaceros y nubarrones.

Pero, es que es tan pequeño.

Ha abierto la ventana y el aire choca contra su cara mojada.

Se encarama ágil sobre el alféizar, fue un movimiento felino.

Abre la puerta su madre.

No lo encontró en la habitación.

ENGULLID ENGULLID MALDITOS.

Se reúnen nuestros queridos gobernantes del mundo, sus dueños, tan limpios y bien vestidos, tan dignos, importantes, tan mejores que nosotros. Se vuelven a reunir, se quieren mucho, desean verse, compartir mesa y menú: caviar, langosta, jugoso solomillo de Kobe. Se lo merecen, valen más que nosotros. Se reunirán sabiendo que no llegarán a ninguna conclusión, no servirá para nada más que para engullir, para beber, para gastar el dinero que no es suyo. Y mientras el mundo se muere de hambre. Mil millones de personas. En número flipa más: 1.000.000.000 de seres humanos que no pueden comer. Esa es la cifra oficial. Son muchos más.

Malditos bastardos; engullid, engullid, malditos. En vuestras manos tenéis la solución pero sólo sois capaces de sostener el tenedor.

EL ALBAÑIL ABSURDO.

Construyo mi vida a base de puertas ciegas,

muros inútiles, pasadizos absurdos,

escaleras cortadas,

ventanas que miran a los muros inútiles,

puertas que llevan a los pasadizos absurdos,

pasadizos absurdos que acaban en puertas ciegas y

sigo construyendo y construyendo.

Hasta el cemento lleva demasiada arena,

cuando haya acabado se desmoronará todo,

por culpa del mortero.

Así de frágil,

así de expuesta

es mi vida.

CARCAJADAS ENFERMAS.

No sé si sabré manejar esta barca.

Me parece que siempre fui a la deriva.

Estoy tan solo.


Llevo tanto tiempo solo que

tus abrazos ya no me reconfortan.

Tengo tanta sed.


Llevo tanto tiempo sediento que

ya no puedo tragar.

Soy tan mayor.


Llevo tanto tiempo siendo mayor que

ya casi soy un viejo,

Con la deriva a mis espaldas.


Un faro,

a lo lejos.

Siempre lo vi.


No sé.

No sé si alguna vez quise llegar hasta él.


Cerraré los ojos.


No.


Aquí no hay paz ni alegría.

No hay calor ni una sonrisa.

Aquí sólo hay dolor y carcajadas enfermas.

LA CASITA DE TAMALLANCOS.

La casita de Tamallancos estaba rodeada

de excrementos de vaca y asediada

por moscas y pulgosos gatos

asilvestrados.


Era una casita de piedra encajonada

en una esquina hedionda y escondida.

Y así y todo, era una casita de cuento.


No sé

qué me pasó

allí.


Allí

abandoné toda razón,

habrá sido la piedra.

El Radón.


Avancé en mi intención de convertirme

en un artista, ya para siempre,

maldito.


Atravesé esa línea que no permite

dar vuelta.


Acepté todas las penurias que hubiesen

de venir.


Acepté también las breves intenciones

de claudicación.


Allí.


Encerrado en mi estudio de piedra

de la casita de Tamallancos,

seguramente contaminado por las radiaciones

emitidas por el granito de sus paredes,


acepté la incertidumbre,

acepté mi obra.

Me acepté.


Allí.


También recuerdo aquellos

tomates.


Teníamos una pequeña huerta de tierra durísima

que alguna vez saché a pleno sol.


Allí.


Satisfecho.

Cerveza,

Canutos,

Óleo,

Tablas,

mi piano de cola de antes de la transformación,

nada de paz,

las primeras poesías guarras.

Y tú,

mi dulce Susana.

INVASIÓN.

Por último, tuvimos que quitar todos los cuadros, imágenes, platos, relojes y placas conmemorativas que colgaban de las paredes. Detrás había enormes nidos de araña llenos de bichos gregarios. Nos atacaban de noche, especialmente a los niños, que estaban acribillados. El pequeño tenía la cara, los brazos y las piernas hinchados, y me preguntaba entre lágrimas si al menos se convertiría en Spiderman.

-No, mi niño- le dije-.No existen los súper-héroes.

Y con su cara destrozada miró a su alrededor y vio su casa desolada.

UN VIAJE

Estaba solo en la sala de espera

de aquel lujoso hospital.

No me dejaron entrar.

No insistí.

La enfermera salió con una bolsa de plástico

negra.

Yo sé qué había en su interior.

La veía.

Veía a la enfermera con la bolsa negra

de basura.

Intentaba esconderla detrás de sus piernas

pero yo podía verla.

Días atrás el médico

inútil

negligente

cobarde

no se atrevió a decírnoslo

después de seis meses de consultas.

Nos mandó a urgencias y desde allí

emprendimos un largo viaje

en secreto.

Ahora estoy aquí

solo

lejos de todo.

Cuando entré en la habitación

Susana tenía la mirada perdida.

Parecía un cuadro de Munch.

Fue un parto

repetía

fue como un parto.

Nos abrazamos.

Lloramos.

UN ADULTO.

Me recuerdo imberbe

atravesando este pasillo.

Caminaba ágil y en silencio

por la madera pulida.

Hoy mi caminar suena

en el parqué cansado.

Mi respiración no es silenciosa.

Soy un adulto

y el suelo cruje.

NADA.

Estaba en la cola del supermercado. Llegó mi turno para pagar y me dí cuenta de que no llevaba la cartera.

–Ay- le dije a la hermosa cajera-, espera que me he olvidado la billetera (ji) en el coche. Ve pasando las cosas que lo tengo ahí mismo.

Cuando salí fui a por el coche, pero cuando me iba acercando me dí cuenta de que no tenía, me dí cuenta también de que tampoco tenía cartera, de que no tenía con qué pagar, me dí cuenta entonces de que tampoco tenía casa, de que no tenía nada, de que por vivir, no vivía ni en la calle. Y poco a poco, casi sin asombro, me fui dando cuenta de que yo no era yo, ni tan siquiera era, y fui desapareciendo. Hasta hoy. No soy nada, no soy nadie, no tengo apellidos ni enemigos. No se está mal así, aunque echo de menos algunas cosas. Dada mi situación lo que más añoro es un simple abrazo.

HAY UN VIEJO SENTADO AL PIANO.

Viejo, decrépito, con el pelo grasiento y canoso mal recogido en una coleta. Canta canciones horribles de manera espeluznante y aporrea un piano eléctrico para acompañarse. Su voz tiene un vibrato caprino propio de su edad, y del alcohol y del tedio, y del odio y del tiempo. Grita con tanta soltura que pareciera que siempre cantó así. Una cerveza a un lado, al otro un cenicero repleto de colillas apuradas hasta quemar la uña, no hay glamour ni bohemia, ni siquiera sordidez, sólo cutrez barata. Le faltan muchos dientes de abajo, se nota cuando acaba una frase con “a” o con “e”, los que quedan son marrones, horribles, parecen colmillos, bailan a cada alarido. Los de arriba no se ven, los tapa el bigote. Larga barba y bigotes blancos manchados de nicotina. Fumador compulsivo, tiene artrosis en los dedos amarillos. Viejo, decrépito, pobre anciano sentado al piano que no me da pena. Qué habrá sido de él todos estos años. Joder, no me da pena. Me lo pregunto cuando paso por la cristalera de la cafetería insulsa donde trabaja. Le veo desde la calle. Tiene el volumen del piano y del micro demasiado alto, parece que molesta a los clientes. Jamás entraría. Una pantalla de plasma al fondo, algunos están pendientes del fúrbol, otros se le acercan borrachos, babeando el título de alguna canción. No me gusta, no me gusta nada. Me molesta. No le desprecio, pero me pregunto quién soy o, digo, quién es. Una buena amiga un día dijo a otras personas de mi: -Es un artista de verdad, de los que no pasan por el aro. Iba pensando en esto cuando vi al anciano del piano. Pues me cago mucho en la puta. Decidme ¿Qué coño es eso del aro? y ¿dónde está? ¿dónde está el aro? Pasaré, no tengo miedo, pasaré, cada vez tengo mas canas, aún no termino las frases cantadas como una cabra vieja, pero algún diente ya se me mueve. Por favor, ¿dónde está el aro? A lo mejor no puedo más. Hay un hombre sentado al piano, y le da la espalda.
(...)
Fue un momento de pánico

DUERME, NO ME MATES.

Se movía tanto al dormir que acabaron durmiendo en camas separadas por temor a matarla.

LA BOCA SECA

Muchas veces me despierto, no importa la hora que sea, con la boca seca, pensando en un instante de mi vida. Entonces ya no puedo seguir durmiendo.

A veces son recuerdos antiguos, muy antiguos. Otros son de ayer.

Ya no puedo dormir.

De todos modos yo no sueño, sólo tengo pesadillas.
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Este texto forma parte de un vídeo-poema, podéis verlo pinchando aquí

¡SOFIA!

Fue un alarido estremecedor, nos despertamos aterrorizados, conmovidos. Todo el vecindario lo daba por muerto. Gritaba el nombre de una mujer, lloraba de dolor. A lo lejos una voz femenina, de la que todos decidimos acordar que era la de ella (lo supusimos no por el tono grave y soez, si no porque era la voz que daba la réplica), insultaba al moribundo y le deseaba la muerte.

Estaba tirado, flotando en un charco de sangre, lo veíamos perfectamente desde nuestras ventanas. Se convulsionaba, gritaba de dolor.

Al poco de llegar la policía se lo llevaron en ambulancia. Supusimos que había muerto.

La sangre en la que casi flotaba su cuerpo era licor de fresas y bilis. El olor permaneció durante semanas.

No hay peor borrachera.

MI MICROONDAS.

Tengo un microondas viejo y malo.

Calienta poco y por zonas.

Antes de entrar en la casa de mis padres estoy como si hubiese estado cociéndome en el microondas triste y viejo de la pequeña cocina de mi casa escasa.

Allí llego algo caliente, depende de por qué parte.

Ellos tienen un gran microondas, muy potente, en su casa enorme y llena de cucarachas rubias.

Como sus hijos.

Rubios.

(Rubitos de pequeños).

Todo se puede quemar en su interior.

Así me voy de allí,

estropeado,

quemado.

UN POCO DE SUERTE.

Todas las paredes de la casa están cubiertas de enchufes. Están por todos lados. Vicente era electricista y los ponía en sus ratos libres. Es la herencia que nos dejó.

-¡Pendejo de los huevos, mal borracho!

Cada enchufe lleva varios aparatos conectados, no sirven para nada, y eso que yo no entiendo ni razono. Están enchufados día y noche. Las paredes, por otro lado, sudan. No, lloran. Repito constantemente que ¡Un día vamos a explotar, coño!

-No mamá, nos electrocutaremos, con un poco de suerte.

LOS CERDOS. NUESTROS AMIGOS.

Un olor nausaeabundo. Debe de ser la deseperación, la depresión, la miseria. Espero que no lo noten. Es tan fuerte que me aturde.

Adelanto a un camión que transporta cerdos. Ah, bueno.

Pero nada cambia.

Ese se parece a un viejo amigo.

Los llevan apretados. Nos los comeremos a todos.

DANCING IN THE STREET.

Vigo es una ciudad inmunda, pero tiene muy buen clima. Abrí la puerta del balcón y las ventanas y me puse a tocar en mi bonito piano de cola. Es un vestigio de mi breve época burguesa, siempre que lo toco me recuerda la bodega que ya no tengo, me la bebí una noche, toda, entera, no puedo recordarlo, cuando me desperté al día siguiente era otro. Hoy sigo siendo aquel. Nunca más volví a ser burgués (a veces lo deseo un momento y se me pasa). Me puse a tocar un vals de Schostakowitsch, uno que todo el mundo confunde con la famosa canción que canta. “yo te daré, te daré niña…” Como vivo en un primero, siempre sé que cuando toco todo el barrio me escucha (yo ya perdí la vergüenza hace mucho, concretamente al día siguiente de perder mi bodega.). Mi calle es una muy ancha calle sin salida, así que es parecido a una plaza concurrida. A medida que iba tocando la gente se fue animando, y al poco tiempo todo el mundo estaba bailando este bonito vals de Schostakowitsch. Nunca en ninguno de mis conciertos recibí tan caluroso aplauso cuando terminé. Por supuesto, salí a saludar como es debido.

ZURULLO.

Susana tiene una voz dulce y tranquilizadora, más dulce cuanto más bajo es su volumen. Tiene algunos alumnos en su casa. Es una gran pianista y mejor profesora. Es muy femenina.

Le ocurre que es muy regular en lo que se refiere a sus necesidades fisiológicas, todas las mañanas muy temprano. Sus deposiciones no son nada femeninas. Se trata de verdaderos zurullos, enormes troncos compactos de mierda que, si bien no llegan a a atascar el bater, la cisterna no consigue hacer que este se los trague y allí se quedan disolviéndose durante una o dos horas. Aquella mañana no fue regular y no acudió hasta las 11:30. Daniel, un alumno disciplinado de unos treinta y pico, llega a las 12:00 todos los sábados. Nunca había usado el servicio, pero esa mañana tuvo necesidad. Susana dudó un instante.

-Eeee, si, por aquí.

Ruido de cisterna.

Retomaron la clase con una risilla mutua, tímida, siguieron solfeando y entonando. Daniel seguramente se sorprendía de la melodiosa y dulce voz de su profesora. Al cabo de un tiempo volvieron a mirarse a los ojos.

SERÁ POR ESO.

voy por la ciudad con las ventanillas abiertas y con la música muy alta. La gente me mira extrañada. Ah claro, es que suena una pieza de cámara de Schubert. Sería otra cosa si hubiese elegido algo de Rachmaninov o de C. Frank.

HISTORIA PARA UN SOLO HOMBRE.

SÍ,
TODO EL MUNDO ESTABA EQUIVOCADO.

MUY MACHO.

Es curioso. Todos los machos machotes que he conocido (no demasiados y siempre obligado por las circunstancias) tarde o temprano, han demostrado ser unos auténticos cobardes. Lo que ellos llamarían unas nenazas. Yo no soy nada machote, soy tan poco macho-man que a veces me han tomado por gay. Pues aún así, han sido muchas las veces en que el macho en cuestión se ha escondido tras de mí con los inmensos cojones encogidos, muerto de miedo y temblando (las circunstancias pueden ser innumerables). Eso si, con el paso del tiempo la escena siempre cambia, y cuando escucho al hombrón contando su versión de los hechos, allí vuelvo a estar yo para taparle.

YO NO ESTOY.

Suena el teléfono. Ya no me produce ninguna reacción. Vivo sin expectativas. Hace tiempo no era así. Siempre descolgaba ansioso.
-Si es para mi, no estoy.
Alguien lo coge.
No es para mi.

(...)

Abro los ojos. No reconozco. No sé dónde, no sé quién. Me concentro. Parpadeo con fuerza. Me agito perplejo.
(…)
Ah, ya.

FAMILIA FELIZ EN 25 PALABRAS.

No es tema de chismorreo,
pero de todos mis hermanos,
si a mi madre le dijeran
que un hijo ha muerto,

desearía que fuese yo.

EN EL CINE.


Te levantas. Te miras en el espejo. Ves tu cara. Te acuerdas de una tarde de verano en el cine. No recuerdas la película.
Los gritos e insultos hacían imposible escuchar los diálogos. Los ojos clavados en la pantalla.
Risotadas.
La bizquera provocaba una imagen que exaltaba a los niños salvajes que se encontraban a tu alrededor. Insultos bestiales. Carcajadas. Te acuerdas de los escupitajos, de los objetos que volaban por los aires, latas de Fanta vacías, cacahuetes…
¡Monstruo, feo, birollo hostia, me cago en la puta, qué feo es!
Risas, carcajadas enfermas.
Recuerdas el calor. El frío del sudor.
Procurabas de todos modos no perder detalle de la película, pero no consigues recordar el título.
Recuerdas aquella tarde.
La oscuridad de la sala hacía que la luz de la pantalla reflejase con mayor crudeza la deformación y la fealdad.Poco a poco se iba calmando la multitud exaltada.
Silencio.
Pero a veces alguien gritaba:
¡feo, hostia!, y todos de nuevo volvían durante otros interminables minutos a gritar y a reirse.
Lo recuerdas, fue una tarde agobiante.
Recuerdas aquella tarde en concreto.No recuerdas la película.
Hoy, mirándote al espejo lo recuerdas con claridad. Ves tu cara, tu cara fea, horrible, pero no deforme.
Recuerdas las risotadas.
Tus risotadas.
Insultabas y lanzabas latas vacias, y escupitajos y te reías salvajemente, con carcajadas enfermas.
No sabes por qué hoy te acordaste.